Voluntariado en Sulawesi, una experiencia inolvidable

Viajar no es solo paisajes increíbles y nuevas culturas y comidas. Se trata de observar, de percibir, de sentir, de involucrarse con el entorno. Por esto es que decidimos enredarnos en él, frenar nuestro movimiento y devolver de alguna forma todo lo que recibimos en este tiempo.


Desde que salimos de Buenos Aires sabíamos que queríamos hacer voluntariados en nuestro recorrido por Asia. Llevábamos ya tres meses de nuestra partida cuando nos pareció que era momento de vivir una nueva experiencia. Contactamos a Madi a través de helpx (una plataforma online que se dedica a conectar organizaciones/personas/instituciones que necesiten voluntarios con éstos) y unas cuantas horas después ya nos había dado el sí. La propuesta era ayudar a practicar inglés a los chicos que acuden al centro de inglés que él tiene en un pequeño pueblo de Sulawesi, a cambio de una cama y comida.

Teníamos casi un mes de visa y queríamos dedicarlo a vivir y colaborar, con lo que podíamos, en este pueblito al sur de Sulawesi, así que desde Makassar nos tomamos un colectivo nocturno hasta Belopa, donde nos recogió Madi y nos llevó a su humilde casa-escuela.

“Ahora que viven en nuestra casa, ya son parte de mi familia” nos dijo Madi con una sonrisa enorme dejando ver sus brillantes dientes blancos.

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Madi y el pequeño Habi

Madi enseña inglés desde que obtuvo su título universitario en la lengua extranjera. Primero en escuelas, hasta que se dio cuenta que la forma tradicional para enseñar inglés no servía, dado que los programas no estaban bien diseñados para las necesidades de los chicos. Fue en 2007 que decidió abrir su propio centro de Inglés ELC (English Learning Center) donde podría ser libre para desarrollar una enseñanza informal más adaptada a los alumnos. El primer año que abrió solo tenía dos alumnos, hoy ocho años después tiene 112. Su sueño es lograr que todos los niños de Belopa puedan hablar inglés para que cuando crezcan puedan conseguir mejores trabajos.

Vale aclarar que Madi no obtiene ninguna ayuda del gobierno, aunque haya tocado muchas puertas pidiendo que apoyen su proyecto, nunca recibió nada más que promesas sin cumplir. Tampoco es rico, ni viene de una familia bien acomodada, es un joven que con mucho esfuerzo consiguió una beca para estudiar inglés y buscaba incansablemente a los pocos turistas que visitaban la ciudad de Makassar solo para poder practicar el idioma con ellos. Vendió lo poco que tenía, una moto y algunas cosas más, para poder abrir su centro de inglés y con eso ayudar a la comunidad y al mismo tiempo mantener a su esposa y a sus dos hijos, una de 6 años y un bebé de 7 meses. Si algún chico interesado en estudiar se acerca, pero no cuenta con los recursos necesarios para pagar la cuota mensual, es igualmente bien recibido sin problemas, todo un gesto de alguien que no vive con holgura. Hoy a través de Helpx y Workaway, cuenta con la ayuda de algunos viajeros que hacen un stop en su itinerario para dar una mano.

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La casa-escuela de Madi
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Una de las aulas de ELC

Madi tampoco es dueño de ninguna propiedad. Tal es así que desde que abrió ELC se mudó siete veces, al no existir los contratos formales de alquiler en pueblos como Belopa, los dueños pueden echarlos cuando quieren a pesar de no haberse cumplido el período acordado. A los dos días de nuestra llegada, vimos a un Madi preocupado y nos contó que su angustia se debía a que el dueño de la casa (que es diferente al dueño del terreno) les estaba pidiendo que se fueran, sin siquiera importarles que hacía menos de 4 meses que se habían mudado, que apenas habían puesto el lugar en condiciones, y que el acuerdo era por 2 años. Por suerte, el problema encontró una solución temporaria: construir una casa tradicional de madera al lado de la grande, pero sobre el mismo terreno, y mudarse en un mes cuando esta estuviese lista.

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Andre de teacher
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Las chicas embobadas con Nico

Nuestra tarea como “profes” era hacer que los chicos practiquen y se sientan más seguros para conversar a través de juegos y otras actividades divertidas. Los chicos, aunque en realidad la mayoría eran chicas de 12 a 17 años, son majísimos (como diría nuestro compañero de voluntariado español que no paraba de repetirlo). Tienen una inocencia y una humildad muy difícil de ver en adolescentes de grandes ciudades occidentales. Todos estaban súper pendientes de nosotros, nos agradecían por estar ahí, nos preguntaban por nuestros viajes y escuchaban  con muchísima atención sobre nuestro país o nuestras historias.  Al finalizar cada encuentro, que duraba una hora aproximadamente, todos esperaban ansiosamente su turno para sacarse una decena de selfies con nosotros, en todos los ángulos, con todas las poses y la combinación de gente posible.  “Ahora conmigo sola, ahora conmigo y con Fulana, ahora conmigo y con Mengana, ahora conmigo y Fulana y Mengana, ahora solo Mengana y Fulana….”. La larga sesión fotográfica duraba ¡casi otra hora!

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Solo una recopilación de las cientos que nos sacamos

Nos hubiese encantado quedarnos lo que nos quedaba del mes de visado, pero nos tuvimos que ir después de dos semanas ya que necesitábamos hacer un trámite urgente de otra visa en la ciudad de Makassar. Pero no tenemos duda que si alguna vez volvemos a pasar por tierras indonesias vamos ir a visitar a nuestra segunda familia en Belopa.

Conectarnos con los chicos del pueblo fue una experiencia súper enriquecedora e inolvidable, de esas que acarician el alma. Llegamos con la idea de poner nuestro granito de arena y toda nuestra experiencia y aprendizaje para ayudar a un grupo de chicos con ganas de crecer. Pero resultó que los que más aprendieron fuimos nosotros.

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