Meditación Vipassana, mis 10 días viviendo en un templo budista

El cronómetro marca treinta minutos. Lo apoyo en el piso delante mío y le doy inicio. Sentada con las piernas cruzadas, me acomodo sobre mi colchoneta. Empiezo a respirar hondo, con la panza, como nos enseñó el monje el primer día. Me repito una y otra vez “raising, falling, sitting” al compás de la respiración e intento no pensar. Imposible. Como un show de fuegos artificiales en mi mente estallan un millón de ideas, recuerdos, pensamientos y sentimientos. Parecen no tener relación entre ellos, pero el más mínimo detalle me precipita al siguiente. Los intento controlar y observar, y como un mantra me digo a mi misma “thinking, thinking, thinking” recordando la voz del religioso. Elijo concentrarme en los sonidos de mi alrededor para evitarlos. Entonces oigo bien claro los agudos chillidos de las chicharras y la simpática melodía de los pájaros; hay uno que va subiendo de tono cada vez que pía, como me hace mucha gracia le voy contestando internamente sus canciones. También siento el zumbido de las sierras y algunos repiqueteos de martillos que vienen del templo que está en construcción a unos metros de donde estoy sentada yo. Los ruidos se fusionan con el motor de las motos que pasan y hacen de música ambiental. Noto que me estoy encorvando y despacio, con cada bocanada de aire, corrijo la inclinación. En el brazo izquierdo siento un insecto caminar. Intento no pensar, pero mi miedo a que me pique me hace abrir un ojo. Es una mosca. “Dejala, no la espantes, sentila” me digo a mi misma, y percibo su cosquilloso andar por mi brazo sin moverme hasta que unos largos segundos después el viento la echa. Me felicito internamente por mi firmeza. De pronto otro cosquilleo, pero esta vez en toda la pierna derecha, desde el pie hasta casi la cadera. Se me está entumeciendo y duele. Trato de aguantar… Sé que no debería moverme pero el dolor no me deja concentrar. Aguanto unos segundos, pero se hace más fuerte, así que decido estirar un poco la pierna y cruzarla de otra forma. ¡Para qué! Ahora sí que me duele más y siento un intenso hormigueo. Me arrepiento inmediatamente de haber hecho la movida. Ahora tardo unos buenos segundos en encontrar una posición cómoda nuevamente. Me impaciento y me pregunto cuánto tiempo quedará para terminar con este sufrimiento. “No abras los ojos que va ser peor, esperá, paciencia”. Pero me duele y mucho. La ansiedad se apodera de mí, y sin hacerle caso a mi propio consejo, miro el reloj: muestra 13:22. “¡¿Qué?! Apenas pasé la mitad! Para qué miré, ahora se me va hacer interminable. Eso me pasa por ansiosa” me regaño a misma cuando un pinchazo abajo del dedo gordo de la mano me hace desviar la atención. Intuitivamente con mi otra mano, mato al mosquito y violo, sin quererlo, la regla de no matar insectos. Al apartarlo de mi mano me doy cuenta que es negro con rayas blancas. “¡La especie que transmite el dengue! Mierda, me muero si me agarra otra vez. Aparte dicen que la segunda vez es peor. ¿El seguro me cubrirá o me dirán que me joda por boluda? No, si no me cubre los mato….” Y otra vez desvirtúo en una lógica sin lógica. Un pensamiento tras otro unidos por un hilo invisible tejen una telaraña en mi cabeza de la que me es difícil escapar. Por suerte el sonido de la alarma me hace volver a la realidad. Escucho que se apaga después de unos escasos segundos, pero mi cerebro ya había mandado la señal para abrir los ojos. Faltan 4:18. Veo a la chica que estaba meditando delante mío estirarse. En ese momento la odié. “Tranquila que falta poco. Paciencia… Paciencia… Paciencia…” Me lo repito varias veces convencida que va hacer pasar el tiempo más rápido. De todas formas, me calma. Pasan unos minutos, aunque bien podrían haber sido segundos, y escucho otra alarma sonar desde lejos. Me impaciento, se que la mía va sonar en cualquier momento, tiene que. Para distraerme comienzo una cuenta regresiva arbitraria: 20, 19, 18, … 3, 2, 1… Nada. “Bueno, era obvio que no iba a sonar justo cuando yo dijera cero, ¿no?. – ¿Cuánto quedará? – Muy poco, así que no mires. – Si si es verdad, así me agarra de sorpresa (?)”. Por suerte el estruendo de un avión me distrae, y antes que la catarata de pensamiento tome mayor fuerza, suena mi bendita alarma. “¡¡¡Gracias Dios… eh digo Buda!!!”
Esa misma noche, después de una celebración budista, descubrí que no era la única sufriendo lo que bauticé como “la crisis de los cinco días”. Junto a Manuela y Patricia rompimos los votos de silencio, y con un cartoncito de leche de soja en la mano, cual borracho ahogando sus penas, hicimos catarsis. Después de risas entre llantos, me fui a dormir más tranquila, con la sensación de que no era la única a la que le estaba costando.

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Hacía meses que había decidido hacer el retiro de Meditación Vipassana en un templo en Chiang Mai, Tailandia, del que había leído muy buenas referencias. Así que lo primero que hicimos ni bien llegamos a la ciudad fue ir a verlo y hacer las preguntas de rutina. El monje de la oficina de extranjeros, quien luego sería nuestro instructor el primer día, me dio un librito, me dijo que lo lea varias veces y que vuelva en 6 días, cuando arrancaba la próxima camada. Aprovechamos esos días para conocer Pai, una pequeña ciudad a 130 km. que vale mucho la pena visitar. Me compré el pantalón y remera blanca y el día acordado a las 9:30 estaba sentada en la oficina del monje completando el formulario de inscripción.

El templo, aunque más bien es un complejo, me había encantado. Si bien una parte estaba en construcción, sabía que tendría que lidiar con los ruidos una vez que medite por mi cuenta afuera, así que no me pareció una mala idea convivir con ellos por diez días. El complejo cuenta con un gran comedor, un templo hermoso y otro a medio terminar, una fresca biblioteca (el lugar perfecto para meditar durante el calor), varios salones y algunas oficinas, una pagoda, un patiecito con muchas flores y estatuas de Buda, baños, y muchísimas habitaciones, separadas por sector hombre y sector mujeres. Debo confesar que cuando entré por primera vez y vi un montón de gente vestida de blanco sentada con los ojos cerrados sin moverse o caminando en cámara lenta sin hacer contacto visual con nadie, sentí que entraba a un manicomio más que un templo. Afortunadamente esa imagen se evaporó ni bien pasé a formar parte.

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El primer día me acomodaron en una habitación que compartí con Manu, la francesa que tenía más de española que de francesa. Por la tarde tuvimos nuestra ceremonia de apertura frente al abad, la autoridad máxima del monasterio, y luego nuestra primera sesión de meditación con el monje de la oficina de extranjeros, que más que monje tranquilo y sereno, como uno se imagina a cualquier monje budista, parecía una maestra nerviosa e histérica impartiendo órdenes en un inglés mal hablado. Nos enseñó las reverencias ante Buda y el abad, y el warm up antes de meditar. Luego nos dio las pautas de cómo caminar y cómo sentarse, mientras no paraba de repetir “learning by doing, learning by doing”. Las meditaciones iniciales eran de 15 minutos: 15’ caminando muy despacio y 15’ sentada. Así durante dos horas y media seguidas. Esa noche me fui a dormir reventada, tal es así que ni me importó que la cama fuera una madera con una triste colchoneta de dos centímetros de alto.

Al día siguiente nos teníamos que despertar a las 4 am con el gong. Como nos habían confiscado los celulares, confiamos en que sonaría lo suficientemente fuerte para despertarnos. Error. Las vecinas de al lado nos tocaron la puerta apresuradamente, pues eran las 5:30 am y todas nos habíamos quedado dormidas. Así fue como arranqué mi segundo día. Por suerte el monje policía no estaba para pasar lista, así que hicimos como si nada y empezamos a meditar.

Los horarios me resultaron un poco difícil de seguir al principio. Acostumbrada a dormirme y despertarme a cualquier hora, pasé a levantarme a las 4 (nunca más volví a llegar tarde, porque conseguimos un despertador, y los últimos días logré escuchar el gong sin necesidad de alarma… ¡Aleluya!), desayunar a las 7 y almorzar a las 11. Antes de cada comida, los monjes rezaban y nosotros hacíamos una especie de oración cantada para agradecer. Por lo tanto éramos convocados media hora antes para cumplir con los rituales.

Pero lo más difícil no fue levantarse temprano, ni dejar de comer sólidos a las 12 del mediodía, ni estar sin comunicación con el exterior, incluso ni siquiera poder hablar entre nosotros. Lo más duro fue luchar contra los pensamientos y los dolores físicos de tantas horas de meditación.

Cada día teníamos que reportar al abad cuántas horas habíamos meditado desde el reporte anterior (alrededor de las 5 pm). Mi primer día fue de 9 horas y el último de 11:30.
Sentía toda la espalda y hombros contracturados, el culo y los talones doloridos, y moría por una siesta a cualquier hora (casi se podría decir que era una zombie). Entre sesión y sesión tenía que tomarme unos 10 minutos como mínimo, estirando todo mi cuerpo y descansado de las posturas. En los reportes con el abad, me decía que era normal todo el dolor que sentía y que tenía que observarlo y aceptarlo. Solo después de varios días cuando uno ya está más resistente o acostumbrado al dolor, me revelaría una técnica para hacerlo desaparecer controlandolo con la mente, por cierto muy efectiva.

No voy a negar que los primeros días fueron muy agotadores, y cuando me enteraba que alguno había abandonado, me daban ganas de hacer lo mismo, pero mi orgullo y mi perseverancia por suerte no me lo permitieron. Creo que fue después de la crisis de los cinco días que empecé a agarrarle la mano y disfrutarlo. Ya no me costaba tanto despertarme, no me contracturaba como antes y hasta había veces que lograba olvidarme del cronómetro. Los días más gratificantes, que como siempre pasa fueron los últimos, logré por momentos ser una observadora de mi mente, ver imágenes libre de pensamientos (las cuales no puedo recordar pero pareciera no tener ningún significado especial) y entrar en un estado de ensoñación en el que sentía que mi cuerpo flotaba sin ningún tipo de dolencia. Llegué a meditar por 50 minutos de corrido casi sin moverme, algo que el primer día lo veía totalmente imposible.

No vi la luz ni me iluminé, como preguntaron algunos. Tampoco encontré el sentido de la vida ni mi misión en este mundo (creo que no es ese el objetivo de la meditación). Pero si pude trabajar mi paciencia, desarrollar mi capacidad de observación hacia mi cuerpo y mi mente, comprender que están más relacionados de lo que creía, y aprender a enfocarme más en el ahora, dejando atrás el pasado, sin remordimientos, quejas ni nostalgia, y sin pensar en lo que deparará el futuro. Como alguna vez leí, la vida es una sucesión finita de momentos, como una película es una sucesión finita de fotogramas. Y es justamente el sabernos finitos lo que nos tiene que hacer más conscientes de vivir cada momento.

Además de lo que aprendí relacionado a la meditación, también valoré mucho poder ser testigo de la vida dentro de un monasterio. Ver la rutina diaria de los y las monjes, los ritos y ceremonias, el trabajo en comunidad para llevar adelante el funcionamiento del templo, el compromiso de la gente para con su fe, y muchas otras cosas, fue algo que ni meditando toda una vida hubiera podido entender sino fuera por este retiro.

En resumen, fue una experiencia más que positiva, a pesar de que por momentos se me hizo cuesta arriba. Lo súper recomiendo, pero solo a aquel que está realmente comprometido.

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Si estás interesado/a en la meditación vipassana y en este tipo de retiro, acá te dejo algunas preguntas y respuestas que te pueden orientar.

– ¿Qué es la meditación vipassana?
Es una técnica utilizada hace 2500 años introducida por Siddharta Guatama, padre del budismo, y que lo llevó a la iluminación.
La palabra Vipassana significa “ver las cosas como son” y hace referencia a cómo la mente afecta al cuerpo, y al revés, como el cuerpo afecta a la mente. Al contrario de la creencia popular o de lo que la misma R.A.E. define como meditar, la meditación no es sentarse a pensar atentamente sobre algo, sino que se centra en la observación del cuerpo y la mente.

– ¿Dónde y cuándo se realizan los retiros?
Hay un montón de este tipo de retiros o cursos de meditación, no solo en países budistas, sino que hay hasta en Argentina.
Yo realicé el mio en el templo Ram Poeng ubicado en Chiang Mai. Para saber cuándo empezaba me acerqué al templo y hablé con el monje. Sino en el sitio web está el número de teléfono del encargado de los retiros. También hay un email, pero te contestan que llames o vayas al templo para saber las fechas. En Wat Ram Poeng, los retiros se realizan todas las semanas, a veces con más o menos frecuencia, dependiendo de la demanda.
Acá te dejo este sitio que tiene información sobre muchos centros a nivel mundial: https://www.dhamma.org/es

– ¿Cuánto tiempo dura? ¿Puedo abandonar antes en caso de no aguantarlo?
En general la duración es de 10 días. En Wat Ram Poeng había otro más largo de 26 días o si uno quería quedarse por ejemplo 15 días, lo hablaba con el monje y no había problema. También sé de otros templos que son más flexibles y no establecen días, podes ir los días que quieras.
Sí, se puede abandonar, aunque de acuerdo a mi experiencia no lo recomiendo, ya que son los últimos días en los que uno ve el avance. Irse antes sería como perderse el final de una buena película solo porque el comienzo fue lento.

– ¿Cuánto cuesta?
No tienen precio fijo, pero se pide una donación al finalizar el curso.

¿Tengo que haber meditado antes?
No es necesario, aunque ayuda.
En mi caso había leído algunos libros sobre el tema y practicado meditación por mi cuenta, es decir sin guía, y fue suficiente. Si ya venis meditando hace mucho tiempo igual te lo recomiendo (quizás el de 26 días) por toda la experiencia en general, y por poder vivir dentro de un monasterio conviviendo con monjes y locales.

– ¿Necesito cumplir algún requisito como ser budista?
La meditación trasciende la religión. Practiques la religión que practiques (o ninguna), podés hacerlo. Solo que dentro del templo tendrás que ser respetuoso y seguir algunas tradiciones budistas como reverencias ante Buda y entrar descalzo a los templos y habitaciones. Tampoco es necesario tener conocimientos previos sobre budismo, aunque sería muy útil para entender algunas cosas de la vida dentro del monasterio.
Es recomendable que hables inglés ya que las pautas y las entrevistas con el abad son en ese idioma, aunque estoy segura que si no hablas inglés te podrán buscar a alguien que haga de intérprete como hicieron con una china que empezó conmigo.
Tampoco piden requisito de edad, he visto chicas de 17 años y ancianas en silla de ruedas meditando.

– ¿Qué necesito llevar?
En Wat Ram Poeng te piden fotocopia del pasaporte y dos fotos carnet para el formulario de inscripción.
También necesitas dos mudas de ropa blanca (que no sea musculosa ni short), ropa interior blanca (en realidad mientras no se transparente está bien) y un pañuelo/pareo blanco para las mujeres. También es necesario un cronómetro (no se puede usar el del celular), inciensos, velas y flores blancas, como ofrendas. Las ofrendas en realidad te las dan ahí a cambio de una donación fija aunque lleves las tuyas, así que ni te molestes en llevarlas. En cuanto a la ropa y el reloj, te lo pueden dar ahí a cambio de otra donación.
Obviamente tenes que llevar tus productos de cuidado personal, como toalla, jabón, shampoo, repelente, etc. Dentro del templo hay una tienda donde podes conseguir estas cosas.

– ¿Cuáles son las reglas?
La lista de lo que no se debe hacer es masomenos esta:
No se puede hablar. Solo se puede hablar ante el abad durante el reporte diario.
No se puede comer sólidos después de las 12 del mediodía.
No se debe dormir durante el día. Si uno está muy cansado se puede acostar pero no se puede dormir hasta después de las 22 horas.
No se puede leer (aunque sea sobre budismo y meditación), escuchar música, escribir ni usar el celular.
No se debe abandonar el lugar sin autorización previa.
Está prohibido fumar o consumir cualquier tipo de droga.
No se puede practicar ejercicio (como yoga) o cualquier otro técnica de meditación que no sea la indicada por el monje.
No se debe matar ningún animal, insectos, ni plantas.

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Si tenés alguna consulta o simplemente querés compartir tu experiencia, no dudes en escribirnos.

 

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