Luang Prabang y un río de diferencias…

Habíamos llegado a Luang Prabang después de un día frustrado de autostop. Tres horas en la ruta y las Toyotas Hilux pasaban y pasaban pero no frenaban. Nos hacían luces y nos sonreían pero nadie entendía el mensaje, raro… porque días atrás hicimos 150 km a dedo sin problemas. El único auto que paró fue un sedan de patente azul china. El hombre que iba con su mujer y su hija y que solo sabía algunas palabras básicas de inglés, nos dijo que se dirigía a Luang Prabang. Esta es la nuestra, pensamos. Nos intentó decir algo que no entendimos, así que se bajó del auto, nos miró, miró nuestras mochilas, nos mostró que el baúl iba lleno, volvió a mirar adentro del auto y con un gesto culposo sentenció que no cabíamos. Nosotros le hicimos señas que poníamos las mochilas arriba nuestro, pero el chino no estaba dispuesto a que ninguno resignara ni una gota de confort. ¡Dale que vos sos chino y seguro sabés lo que es viajar apretado! Pero no hubo caso, con el chino y su comodidad se nos fue la única esperanza de llegar a destino a dedo.

Apenas pasadas las tres horas sobre la ruta debajo de ese ardiente sol que ya estaba haciendo estragos en nuestra piel, nos frena el segundo vehículo, esta vez un bus local que iba a Luang Prabang. Un poco resignados, negociamos el precio y subimos.

Luang Prabang fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO hace veinte años. Irónicamente el objetivo de este empréstito es proteger y preservar la ciudad, pero como suele suceder al formar parte del famoso listado, hordas de turistas comienzan a llegar y por supuesto la ciudad empieza a transformarse para abastecer esa nueva demanda.

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Habíamos escuchado de otros viajeros comentarios muy positivos sobre ella. “Lejos la ciudad más linda de Laos”, “Una de las ciudades más hermosas del sudeste”, “Imperdible si viajas por el sudeste”.
A nosotros no es que no nos haya gustado, sino que quizás esperábamos más. Pero sabemos que fue error nuestro cargarnos de expectativas en base a las opiniones ajenas. Gran error gran, pero es que a veces es casi inevitable no hacernos una idea previa lo más objetiva posible y dejar del lado las expectativas.

Sí, la pequeña ciudad es pintoresca y fusiona el estilo colonial francés de fines del siglo XIX con las estupas, pagodas y cultura laosiana. Pero la enorme oferta tanto hotelera como gastronómica y las agencias de turismo por doquier, nos parecieron un tanto excesiva para las dimensiones de una ciudad como Luang Prabang. El mercado nocturno, que venden souvenirs, ropa y tejidos, y los veinte puestos idénticos de sanguches y licuados poco reflejan aquel pueblo colonial que alguna vez fue.

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Y ni hablar de la procesión matutina de los monjes que salen en busca de las ofrendas de los habitantes (con algunos turistas de infiltrados). Aunque ya sabíamos que hace años se había convertido en un circo humano (no porque el ritual no sea genuino), nos impresionó y hasta nos dio vergüenza ajena ver como muchos turistas se abalanzaban a los monjes, les acercaban sus cámaras con flash a escasos centímetros de sus caras y los perseguían con los smartphones, mientras unos pocos observábamos desde la vereda de enfrente indignados.

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Pero lo que más nos impresionó fue cuando cruzamos del otro lado del río Mekong para ver el pueblito vecino. Sabemos que históricamente se han usado ríos para delimitar fronteras, es más, el Mekong mismo hace de separador entre Laos y Tailandia en gran parte de su extensión, pero este caso es diferente… acá el Mekong separa realidades dentro un mismo país.

Caminamos por las callecitas de tierra esquivando los regalitos olorosos de las vacas que caminan libremente y vemos las humildes casas de bambú polvorientas, algunas sobre pilotes, otras a punto de venirse abajo, rodeadas de gallinas, perros y basura, la ropa tendida de las ventanas le da color a la monotonía de la tierra y de los secos arboles que hace meses no reciben lluvia; hay niños descalzos, uno juega con un escarabajo (que bien podría haber sido una cucaracha, pero queremos creer que era un escarabajo) atado de un cordón blanco mientras lo hace volar, las mujeres sentadas en mesas al aire libre cuchichean. Nada de lindas casas de material y techos de maderas al estilo colonial como en su vecina, ni tampoco encontramos a las mujeres que te gritan “sabaidee, hello, sandwich?” con un menú en la mano, ni hoteles boutiques, ni casas de cambio, ni tuk-tuk que te quieran llevar a las cascadas, ni tampoco desfilan las grandes Toyotas.

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Cuesta creer que este sitio también forma parte del protegido por la UNESCO, solo nos damos cuenta al observar un cartel mitad tapado por un árbol que orgullosamente declara que hicieron 13 km de camino. No nos quedan duda que es el camino marcado para los turistas alrededor del pueblo, ya que es el único que vimos que no era de tierra.

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Realmente el contraste te sacude, ¿estamos en el mismo país? ¿cómo pueden haber realidades tan diferentes a solo un río de distancia? Ya habíamos vistos algunas aldeas cuando salimos un poco del circuito turístico con la moto en Vang Vieng, pero acá el contraste se hace más evidente.

De un lado del Mekong encontramos a la Laos maquillada, con su mejor vestido, lista para salir de fiesta, del otro la Laos del día a día, a cara lavada, con sus ropas de entre casa y el pelo enmarañado como si recién se despertara.
El espejo refleja realidades opuestas, a una le dice “tu eres la más bella de todas” mientras que a la otra la muestra tal y como es, sencilla, humilde, pero lejos, muy lejos de ser la más bonita.

¿Acaso se suponía que no deberíamos prestarle atención a lo que hay del otro lado del río? A algunos nos interesan estas cosas más que un souvenir colorido, un sandwich bien crocante o un templo que fotografiar. ¿Es culpa de la UNESCO, del gobierno o de la industria del tursimo? No lo sabemos. Quizás es un error nuestro pensar que aquellos quieren lo mismo que uno ve del lado “lindo” del río, quizás no pretenden mucho más de lo que tienen y menos que menos malones de turistas ocupando su ciudad. Pero mientras unos se llenan de dinero turista, otros se llenan de polvo con cada moto que pasa.

 

¿Sabías que?

  • Laos es el país más bombardeado del mundo. Durante la guerra con Vietnam, Estados Unidos arrojó media tonelada de explosivos por habitante en el país en una operación oculta.
  • Aún hoy en día hay zonas en las que están prohibido acceder por peligro de explosión de bombas que quedaron sin detonar.
  • Los laosianos han desarrollado toda una cultura alrededor de los desechos de los explosivos. Realizan todo tipo de utensilios y adornos con el aluminio de las bombas, lamentablemente es uno de los materiales que más abunda en el país.

 

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