La vida de campo y sus dos caras

Atrás habían quedado los días de oficina. Le decíamos adiós a la rutina de lunes a viernes, a las interminables jornadas frente al monitor, a la horas desperdiciadas arriba del tren y subte, al caos de microcentro, a las contracturas crónicas y ojos resecos. Le decíamos adiós a la monotonía de nuestros días y recibíamos de brazos abiertos a la vida de viajeros, esa vida que sentíamos que era un oasis en el medio del desierto.

Los días de mochila a cuestas pasaron rápido y lento a la vez. Es increíble como la apreciación del tiempo cambia tanto en ruta. Lo que vivís en un mes de viaje, no lo vivís en un mes rutinario. Es tanto lo que conocés, aprendés y crecés, que parece que fue mucho más que tan solo 30 días. Bueno, eso nos pasó durante once meses.

Pero como dice la canción, nada es para siempre. El chanchito de los ahorros estaba ya tan enflaquecido que nos estaba pidiendo un descanso de tanto exprimirlo. Así fue que optamos por ir a Nueva Zelanda con una Working Holiday Visa con la idea de trabajar y ahorrar por unos meses para luego retomar las rutas.

Y acá estamos, escribiendo este post desde la tranquilidad de un granja en el medio de la isla sur de este fascinante país. No salimos de nuestro asombro al pensar que en tan poco tiempo pasamos de ser empleados de oficina a viajeros a personas de campo.

Hace ya tres meses que disfrutamos de la vida al aire libre, que las vacas y sus crías son nuestros compañeros de trabajo, que no tenemos que lidiar con ningún transporte público porque nos lleva dos minutos llegar al lugar de trabajo, que cambiamos los ruidos de autos, bondis y manifestaciones por el canto de las aves y el mugido de los rumiantes, y que yo no tengo que usar los anteojos para trabajar (solo el que los usa a diario sabe lo que eso significa).

Nuestro primer día en la farm fue el mejor primer día de trabajo que tuvimos y que podamos tener, por lejos. El sol que nos pegaba en la cara, las verdes parcelas con vaquitas pastando, las montañas apenas nevadas de fondo, todo era de postal. Ni el olor a bosta y ni el viento invernal que nos congelaba las manos y nariz lograban opacar la sonrisa de nuestras caras.

Como transitábamos las semanas previas a la calving season (esta es de esas palabras que no tienen una traducción exacta, sería algo así como la temporada de nacimiento de terneros) el trabajo era muy tranquilo y solo consistía en alimentar a las vacas preñadas. Básicamente pasábamos las horas arriba de la moto o cuatriciclo que nos habían asignado recorriendo las 530 hectáreas y moviendo al ganado a nuevas parcelas.

Hasta ahora el trabajo ideal.

Sin embargo esa paz dura solo dos meses en la vida de un tambo de Nueva Zelanda. El trabajo duro estaba por llegar y traía consigo una brutal realidad.

Pese a que estábamos algo informados gracias a documentales y libros que yo venía consultando hace varios meses desde mi decisión de no consumir más carne, ver con nuestros propios ojos el cruel manejo con tan mansos animales nos cacheteó de lleno.

Behind the scenes de la industria láctea

Las vacas son máquinas, máquinas de producir ese líquido que nos dijeron que es esencial para el desarrollo de los más pequeños, que es una excelente fuente de calcio y llena de nutrientes. Como tal, la vida de una de estas vacas está destinada exclusivamente a producir leche, pero no para sus crías en periodo de lactancia como cualquier otro mamífero sino para dársela al único ser vivo que bebe de la leche de otra especie.

Ya a los dos años de edad está lista. Esos 24 meses de estar cuidándola y alimentándola por fin va a poder dar sus frutos. A esa edad la preñan por primera vez. Pero no te creas que viene el vigoroso toro a marcar territorio. No. Vienen los hombres con sus pipetas llenas de semen genéticamente testeado y se lo insertan. Con la mano. Como una violación, pero claro, nadie en la industria lo ve como tal. Simplemente es inseminación artificial. Y las que no quedan preñadas luego de varios intentos van con los toros. La solución natural a las que se resisten.

El embarazo dura nueve meses. Durante ese tiempo, como son madres primerizas, se espera. En el tambo donde nosotros estábamos, y en todos los de Nueva Zelanda, las vacas pastan en grandes parcelas. Les van racionando la cantidad de pasto y las van moviendo según sea necesario. Hasta me atrevería decir que por ahora la pasan bien (por lo menos en este país porque en muchos otros lugares las pobres ya están confinadas en espacios reducidos desde pequeñas).

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Día de spa para ella

Pero la vida de animal “semi libre” termina cuando da a luz. Su cría es apartada de ella generalmente dentro de las primeras 12 horas. Si, nueve meses engendró ese bebé para que se lo alejen con escasas horas de vida. Es que ese ternerito no puede tomarse la leche porque es nuestra, para eso cuidamos a su mamá por dos años.

La vaca entonces es llevada a la plataforma de ordeñe. Como la primera leche, calostro, es rica en proteínas y anticuerpos y baja en lactosa significa que no sirve para consumo humano y entonces se separa. Esto es lo que se le da al ternerito en contenedores plásticos con tetinas de goma una vez al día. En cambio, todo el resto que no es calostro es para los humanos. ¿No parece un poco egoísta? Esperá que todavía no terminé.

La vaca se ordeña dos veces por día. Dependiendo de su tamaño y el alimento (a veces se les da calcio o magnesio para ayudar a la producción), puede producir entre 20 y 30 litros por día. Nuestra farm tenía 1900 vacas y generaba alrededor de 50000 litros por día en su pico máximo.

Como dije, la vaca es ordeñada dos veces por día. Durante nueve meses.

Dos meses después de haber parido se la vuelve a inseminar, o sea que durante casi todo el nuevo embarazo sigue siendo ordeñada. Sólo en los últimas semanas de gestación tiene descanso.

Y el ciclo vuelve a comenzar cuando da a luz.

Así durante cinco o seis años hasta que la pobre no dé más leche y que no sea más rentable, y entonces termina en tu plato.

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¿Y vos que mirás?

 

¿Y qué pasa con los terneros?

Mientras Nico estaba con todo el proceso de ordeñe, mi trabajo era cuidar a los terneritos, tarea que llegue a amar y odiar a la vez con extrema pasión.

Ya conté que las crías son arrancados de sus madres con apenas unas horas de vida pero no dije que ambos sufren el desarraigo. Cuando Nico tenía que ir a recogerlos, muchas de las vacas lo seguían, algunas se tornaban agresivas y los terneritos corrían con una velocidad impensada en un animal que acaba de nacer. Es que lo natural es que crezcan juntos y que la hembra pueda nutrirlo con su leche hasta que la cría sea capaz de digerir otros alimentos, esa es la función principal de la leche en cualquier mamífero. Pero no, algunas madres casi ni tenían tiempo de limpiar al bebé (le lamen los restos de placenta y le dan calor) ni de alimentarlos.

El ternero es traído a los establos, donde se lo alimenta y se debate su destino. Sólo si es hembra de alguna vaca no primeriza (más de tres años) y que haya sido inseminada artificialmente vivirá para seguir el destino de su progenitora, o si es macho tiene que cumplir con requisitos de tamaño, color y raza para poder vivir y ser toro que fecunde a vacas rebeldes, aunque solo un pequeño porcentaje son seleccionados para tal labor. El resto son los llamados “bobbys”, que básicamente es todo lo que no sirve para ser vaca lechera o toro. ¿Hace falta aclarar a dónde van a parar? Por si no te imaginas, al matadero.

En nuestra farm de los 1900 terneros que nacieron, 50 fueron seleccionados para ser toros, 370 para vacas lecheras, alrededor de 150 nacieron muertos o fueron sacrificados, el resto -hacé la cuenta- fue al matadero. ¡Y hasta para ir al matadero tienen que cumplir requisitos! (algunos un tanto estúpidos a mi parecer). Por ejemplo deben tener al menos 4 días de vida, su cordón umbilical estar seco, poder caminar bien (es decir que no estén rengos) y sus pezuñas deben ser firmes, entre otros.

La primera vez que apareció ese enorme camión azul y verde con los corpulentos hombres que venían a llevarse a MIS terneritos, los que YO había alimentado y cuidado, lloré a moco tendido. Lloré como una nena que le quitan su perrito. Lloré porque me había encariñado demasiado. Lloré por la crueldad. Lloré por la injusticia. Y aunque me quedé seca de lágrimas para los días siguientes, con un nudo en la garganta les pedí perdón cada mañana que los tuve que subir a ese pequeño galpón de chapa desde donde serían trasladados al camión. Por eso es que odié mi trabajo con todo mi ser. Y yo formaba parte de una industria cruel, solo a veces me tranquilizaba pensar que por lo menos en su corta vida no fueron maltratados y siempre los cuidé con mucho amor y respeto.

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Dicen que todo el amor que das siempre vuelve

 

No sé si la solución es ser vegano o tener una vaquita compartiendo la huerta del fondo de tu casa, lo que sí sé es que deberíamos tomar más conciencia de todo lo que consumimos, entender los procesos que están detrás y hacer una mejor elección. Yo por mi lado, dejé las carnes, opté por la leche de soja, cambié la manteca por aceite e intento medirme con el queso, que es mi debilidad.

Es por eso que queríamos contar esta experiencia que nos hizo abrir los ojos y sensibilizarnos aún más con aquellos que sufren y no tienen voz. Les compartimos un video resumen de estos tres meses en el tambo, tranquilos que no hay imágenes desagradables.

 

 

¿Sabías qué?

  • Cada año se matan aproximadamente 21.000.000 terneros  a nivel mundial.
  • En condiciones naturales una vaca puede vivir 20 a 25 años produciendo leche. En cambio, debido a su sobreexplotación no sobreviven los 5 años.
  • Se estima que por cada vegano que le dice no a las carnes, lácteos y huevos se salvan 100 animales por año en el mundo.
  • Se cree que el veganismo es la clave para acabar con el hambre en el mundo. Para que te des una idea, el espacio necesario para alimentar una vaca y producir 290 kg. de carne es el mismo que se necesitan para generar 6000 kg. de soja o 12000 kg. de maiz.

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