Crónicas de un viaje en moto por Vietnam (parte II)

Lluvia, viento, frío, dengue, arreglos de moto, celebraciones y despedidas. Eso es lo que hubo en esta segunda parte de nuestro viaje por Vietnam en moto…

*** Si no leíste la primera parte de las crónicas, te recomendamos que lo hagas antes de seguir. Es como una mini serie de solo dos capítulos!! *** 

 

Quinto tramo: de Tuy Hoa a un pueblo perdido en arrozales y montañas (180 km. – 6 hs.)

¡Mamita, que día duro! El clima nos jugó una mala pasada pero así y todo logramos avanzar casi 200 km. con muuuucho sacrificio. La lluvia de la noche anterior trajo consigo una baja de temperatura importante. Pasamos de estar con shorts y musculosa a buscar todo lo abrigado en la mochila, que solo significaba un pantalón largo y una especie de rompevientos para nada abrigado. Nos pusimos los pilotos de lluvia y nos subimos arriba de Chicha y que sea lo que Dios quiera…

Las finas gotas se estrellan en nuestras caras a toda velocidad y el viento que a cada kilómetro se hace más intenso, nos hace tambalear. Chicha se la banca como una campeona mientras que los músculos de Nico se tensan para ayudarla a no caer. Vemos como los vendavales agitan sin piedad al mar y no tienen compasión por los arrozales. Son los mismos que nos golpean a nosotros de lleno y destrozan nuestros pilotos, que para estas alturas ya son tiras de plástico desgarradas.

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Paramos en una cantina vacía desesperados por algo calentito que nos sacie el apetito y también para refugiarnos un rato del cruel viento. Esperamos un buen rato (otro señor al que despertamos de la siesta) y nos traen dos suculentos platos de arroz con huevo y cerdo, o como le llaman los vietnamitas com ga. En cuestión de minutos no quedó ni un grano de arroz. Le agradecemos aunque nos haya cobrado como un almuerzo buffet, se ve que no le cayó bien que lo hayamos despertado.
Seguimos unos kilómetros más y encontramos un Nga Nghi (guesthouse) en un pueblito que ni Google lo marcaba. Decidimos parar y dar por terminado este agotador y frío día de ruta. ¡Ojalá mañana salga el sol!

Sexto tramo: del pueblito a Hoi An (200 km. – 8 hs.)

¡Qué ilusa! ¿Que mañana salga el sol? El pronóstico marca mal clima por varios días en toda la parte centro del país, y se ve que este servicio metereológico es de esos que acierta. Pero como dice el dicho… al mal tiempo buena cara.
No sabemos si por la comida de la cantina vacía o si por el frío del día anterior, pero la cosa es que nos levantamos los dos un poco descompuestos. Esperamos un rato (dentro del baño) y solo con una pastilla anti-diarreica en nuestros estómagos continuamos viaje.
Al poco tiempo de arrancar, la intermitente lluvia nos da la bienvenida otra vez. Nuestros ponchos, que ya tienen forma de trapos viejos, no son de gran ayuda. El viento que nos sopla de costado a toda velocidad, menos. Hace que sintamos aun más el frío, como la humedad en verano que potencia el calor.
Frenamos. Frenamos para tomar algo caliente. Frenamos para cargar nafta. Frenamos para descansar de la lluvia. Las manos de Nico están heladas y casi toda la ropa mojada.
Por fin encontramos el lugar que buscábamos y compramos dos pilotos, de esos que son de dos piezas tipo conjuntito. Aunque el de Nico le queda corto de mangas y piernas, se lo lleva igual. Ya sabe que acá en el sudeste asiático los talles apuntan a gente más bajita como yo y no a un alto “fuera de la media” como él. Pensá ¿cuántas veces en tu vida viste un chino alto?

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Estamos ya a 60 km. de destino y el tránsito se hace pesado. Llegamos a un peaje y avanzamos por el carril exclusivo para motos, el que está bien a la derecha y que es gratis. Al salir notamos que ese tramo del camino es de tierra y está en muy mal estado, y sin advertirlo agarramos de lleno un pozo. Chicha chilla. Intentamos avanzar pero no podemos. Algo no anda bien. Me bajo y le indico a Nico que “hay un palo saliendo de la rueda”. Se rompió el freno trasero.

Desde un depósito-taller de camiones de la mano de frente, una chica me hace gestos y entre gritos inaudibles me pregunta si necesitamos ayuda. Cruzamos y les mostramos la moto. Nos dicen lo que ya sabíamos, hay que mandarla al mecánico. Ya estábamos dispuestos a caminar los 2 km. con la moto hasta el próximo taller, cuando aparece una especie de triciclo que traía en la caja de atrás cosas para el depósito. Perfecto para remolcar a Chicha, pensamos. Nuestra amiga nos lee la mente y le indica al conductor, y luego de aceptar el precio, la subimos con mochilas y todo.
El triciclo nos trae hasta un pequeño taller en una esquina del pueblo. Apenas nos ven los chicos se ponen manos a la obra rápidamente, mientras el padre de unos cincuenta y pico los supervisa. No dudan de lo que tienen que hacer, los movimientos automáticos y precisos me dicen que han hecho este tipo de arreglo unas mil veces.
Durante la espera nos acompañan los gritos de los vecinos que están en el karaoke del frente, no hay uno que le pegue a la nota pero a nadie parece importarle. Un poco aturdidos salimos a caminar para tomarnos algo caliente. Un grupo de chicos que está tomando café (oh bendito café vientamita) nos invitan a unirnos. El hecho de que no sepan inglés ni nosotros vietnamita no es impedimento para entablar una conversación, sacan su celular y todo es más fácil.

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Chicha ya está lista y nos despedimos de los chicos. Le damos gracias que eligió un buen lugar y momento para pedirnos un tiempo fuera. Después de hora y media y con algunos dongs menos emprendemos el tramo final, y es recién ahí arriba de Chicha que nos damos cuenta que finalmente la lluvia cesó.

Séptimo tramo: Hoi An – Hue (130 km. – 4.30 hs.)

Luego de estar más de lo que queríamos en la bella ciudad de Hoi An, pudimos volver a la ruta. No es que Hoi An no merezca tantos dias, sino que esta vez el dengue fue el responsable de tan larga estadía (mi experiencia con el dengue acá). Chicha ya nos comenzaba a extrañar, lo sentíamos. Por eso es que apenas me recuperé de una semana de fiebre, vómitos, diarrea y dolores varios, decidimos retomar nuestro roadtrip, no sin antes recorrer un poco la ciudad.

Desde su fundación que Hoi An recibe extranjeros. Al principio con el objetivo de comerciar, ahora son más bien turistas. Es que el puerto de Hoi An fue tan próspero que atrajo comerciantes japoneses, chinos, indios y, más tarde, europeos. Luego Da Nang, a unos pocos km. al norte, le robó el protagonismo. Ahora queda una bella ciudad con mucho que contar. El casco histórico pertenece a los sitios protegidos por la UNESCO, lo cual ayudó a que la ciudad salte a la fama como uno de los must see de Vietnam.

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Caminamos por las callecitas empedradas del casco histórico por horas. Hay restoranes muy pitucos por todos lados, nosotros cruzamos el puente y vamos a los más baratos y nos pedimos dos platos típicos del lugar: Cao Lau (fideos gruesos salteados con brotes de soga y hojas verdes y cerdo, salsa de pescado y otras especias y unos crutones que le da un toque crocante) y Mi Quang (bastante parecido al anterior pero en versión sopa).

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Pasamos tiendas que venden todo tipo de souvenirs y camperas y mochilas Northface. Nos asombra la cantidad de tiendas de confección de ropa que hay desparramadas por la ciudad, esas que te hacen el traje a medida en 24 hs. No sé como lo harán, pero me imagino unas cuantas vietnamitas en un sótano detrás de sus máquinas de coser sin parar siquiera para ir al baño, rozando la esclavitud, para tener la vestimenta a tiempo de aquel turista que en su visita relámpago no quiere dejar de llevarse a casa un traje a medida y poder fanfarronear con sus amigos “¿adivinen cuánto pague por él?“.

De noche la ciudad se ilumina y el río que cruza refleja todas las lucecitas de colores. Algunos dejan velas flotantes para la buena suerte y se las lleva el viento sin apagarlas.

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Con algo de nostalgia nos despedimos de la ciudad que supo ser nuestra casa por casi diez días y salimos para Hue. Todavía no sabemos si será el último trayecto que haremos con Chicha o si podremos extender la visa y continuar con lo planeado.

El clima sigue horrible y sinceramente se hace difícil disfrutar de los paseos en moto así. La llovizna de los últimos tres viajes se hace una constante, añoro los días del comienzo que dejaban la marca de la remera en nuestros brazos, esos días que cuando parábamos las gotas de sudor no se hacían tardar en aparecer. Ahora todo es viento, frío y lluvia. Ideal para quedarse en la cama comiendo pastafrola y tomando mate. Definitivamente no un día de moto.

Así y todo salimos, ya un poco más preparados con ropa más adecuada recientemente adquirida para no congelarnos en el camino. Después de casi dos horas, nos acercamos a la ruta Hai Van Pass, vemos el cielo gris de fondo y decidimos esquivarla. Es que subir la montaña, con frío y esa lluvia, no nos hace mucha gracia. Por más que sea EL CAMINO, ¿qué vamos a poder ver y disfrutar con estas condiciones?.

Agarramos el atajo para el oeste, ese que va por un tunel o al menos eso creemos. Pinchamos. No, re contra pinchamos. Un señor clavo se incrustó por completo en la rueda trasera. Volvemos arrastrando a Chicha unos ciento cincuenta metros. Lo veo a Nico empujandola y no puedo parar de reirme. Es que los pantalones impermeables le quedan de pescadores y se le ven los tobillos flaquitos. Una imagen tierna y graciosa a la vez.

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El del taller nos dice que tenemos varias pinchaduras que lo mejor es cambiar la cámara (lo mejor para su bolsillo querrá decir). Le hacemos caso y en lo que canta un gallo ya está arreglada. Retomamos el atajo alternativo al Hai Van Pass. Cuando llegamos a un peaje nos informan que está prohibido la circulación de motos. Podemos pasar, pero tenemos que dejar a nuestra acompañante en un camión con otras motos y nosotros ir por separados en un bus local. Sabemos que Chicha pensaría que la estamos castigando por la pinchadura y no nos lo perdonaría. Entonces volvemos al mismo lugar donde pinchamos, pero esta vez seguimos derecho: ¡Hai Van Pass allá vamos!

Empezamos a subir y las nubes se ven cerca, muy cerca. La costa se va haciendo pequeña y del oleaje ya queda solo el movimiento del vaivén. La vegetación va mutando, el tamaño de las hojas se vuelve dos o tres veces más grande y no hay milímetro que no esté cubierto con ese espesura de verde intenso. De repente estamos adentro de las nubes, me doy cuenta por la condensación en mis anteojos y porque la visibilidad se redujo a unos escasos metros. Siento que respiro y un poco de esa nube entra en mi cuerpo, como si estuviese comiendo un algodón de azúcar, esos que a los chicos (y a Nico) tanto les gustan y que a mi me parecen horribles.

Aunque no se vea casi nada, la sensación de andar por un camino sinuoso en la montaña, adentro de alguna nube que andaba volando bajito es onírica. “¿Nico te das cuenta que estamos adentro de una nube? ¿Y que la nube esta adentro nuestro también?”. Pasamos una torre que quedó de la Guerra contra los norteamericanos, como la llaman ellos, y que ahora es un mirador. Seguimos y a medida que bajamos la nube va desapareciendo, pero queda la lluvia. Esa que se veía desde abajo. Empezamos a sentir mas frío y frenamos para tomarnos una sopa calentita. No será la sopa más rica del mundo, pero nos calienta el cuerpo y nos da energías para seguir avanzando.

Un par de horas más tarde estacionamos en la puerta del guesthouse “Why not?”. Nico, que llegó temblando, se da una ducha caliente mientras yo me quedo pensando en que me gusta el nombre del hostel.

Recorremos la ciudad y sentimos un ambiente festivo en las calles. Visitamos la Ciudad Imperial, el mayor atractivo de Hue, y nos perdemos en las callecitas observando los preparativos de lo que está por venir, el Año Nuevo Chino.

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Finalmente decidimos dirigirnos directo a Hanoi pero esta en vez en bus con Chicha en la bodega. ¡Salió más caro su pasaje que el nuestro así que más vale que vaya cómoda! Somos conscientes que nos perdemos mucho en el medio, pero solo quedan unos pocos días para que nuestra visa expire y extenderla nos cuesta bastante caro, y aunque quisiéramos las oficinas están cerradas porque comienzan las vacaciones por el Año Nuevo Lunar. Nos damos cuenta que ya no volveremos hacer un viaje largo a bordo de nuestra compañera y se nos pianta un lagrimón.

Último tramo: Hue – Hanoi en sleeping bus

El bus es de los famosos “sleeping bus” de Vietnam. Todos los que viajan al país lo toman (menos los que lo hacen en moto) porque son nocturnos, te ahorras la noche de hospedaje, y son bastante cómodos. Bueno, al menos para mí que entro perfecta, Nico tiene un poco más de problemas para dormir…
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Al llegar a la capital vietnamita y bajar los tres del bus, la moto no arrancaba. Más de media hora de patadas frustradas y Chicha no daba tregua. Es más, de tantas patadas que Nico le dio, salió volando un pedazo de la pata de apoyo trasera de metal, otro motivo más para ir al taller. Resignado decide ir en busca de algún mecánico que nos pueda ayudar, pero antes me hace caso y pasa por la estación de servicio. Es que para cargar motos a un bus es necesario vaciar el tanque primero, así que antes de subirla el chico de la agencia sacó todo el combustible aspirando a través de un tubito de plástico transparente y llenó una botella de litro y medio de líquido amarillo. Por eso fue que cuando no arrancaba de lo primero que sospeché fue del tanque vacío, pero según Nico era algo con la bugia. A los diez minutos vuelve con Chicha andando. “¡Qué rápido! ¿Qué era? ¿Cuánto salió el arreglo?”. “No nada, solo le cargué nafta”.

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Pasamos unos días en Hanoi conociéndola y sintiéndonos parte de la gran preparación para el año entrante, celebramos el Año Nuevo con un grupo de argentinos y brasileros y lo más importante, nos tuvimos que despedir de Chicha. Fue triste ver como otra viajera se llevaba nuestra compañera y saber que este viaje dentro de otro viaje llegaba a su fin. Fue sin duda un sueño cumplido y aunque nos quedaron varios lugares pendientes por conocer (Tam Coc, Pha Nga, Halong Bay y el norte) que por lo del dengue no pudimos ir, no tenemos dudas que volveremos al país del café más rico que hayamos probado, lo que no sabemos es si la próxima también será en moto…

 

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