Crónicas de un viaje en moto por Vietnam (parte I)

Podríamos decir que esta parte del viaje fue un tanto distinta: nos convertimos en dueños de una moto roja y recorrimos casi todo un país arriba de ella. Vimos paisajes asombrosos, paseamos por ciudades de ensueño, encontramos gente maravillosa, probamos comida extraña a nuestros paladares y disfrutamos de un exquisito café por las tardes. Pero también, soportamos el rigor del viento y la lluvia en la ruta y que un pequeño intruso volador nos haga frenar por una semana. Todos nuestros altibajos en un mes recorriendo Vietnam abordo de Chicha, los contamos en estas crónicas.


Primer tramo: Ho Chi Minh – Mui Ne (250 km. en 7.30 hs.)

Conocimos a Chicha a través de un canadiense, quien luego de recorrer el país de norte a sur con ella sintió que había cumplido su ciclo y ahora era nuestro turno. Ya por fotos nos cayó bien, una común y simplona Honda Wave roja, pero en buen estado y con ganas de vivir aventuras. ¡Bingo! Le dimos una lavada de cara: le agregamos una parrilla trasera para las mochilas y le compramos cascos y correas nuevas, y acá estamos listos para emprender nuestro periplo sobre ruedas.

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Chicha poniendose a punto
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Lista para la aventura!

La ciudad de Ho Chi Minh, más conocida como Saigon (como se llamaba antes de la guerra), fue nuestra introducción al mundo vietnamita. Acá no solo tuvimos nuestro primer acercamiento con la cultura, la comida y el exquisito café, sino que nos dimos cuenta que las reglas de tránsito no existen en este país. Lo único que se exige a los motociclistas es que usen cascos, pero nada más. Las motos pueden ir en contra mano, pasar por alto las luces rojas de los semáforos y hasta andar por las veredas cuando el tráfico está pesado, o sea siempre. Para cruzar la calle, o incluso caminar en la vereda, hay que mirar en todas las direcciones y hacer un voto de fe: cruzá y rezá para que nadie te lleve puesto. Milagrosamente entre tanto caos pareciera haber algún tipo de orden. Con solo cruzar algunas miradas el otro puede anticipar tu maniobra, es una especie de sexto sentido que tienen los vietnamitas.

A pesar de la locura de las motos la ciudad nos atrapa. No se si es la comida callejera con las sillitas bajas de plástico que parecen de jardín de infantes, o las panaderías que tanto extrañábamos o qué, pero nos gusta. Pasamos algunas noches, recorrimos y nos hicimos con Chicha, pero ahora es hora de partir.

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Las mini sillas de plástico están en todos los puestitos callejeros
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Caos en Ho Chi Minh…

Dejamos Ho Chi Minh City luego de habernos llenado con el desayuno buffet del hotel. Bueno, es que es la primera vez que tenemos desayuno buffet y encima gratis (estas cosas hay que aprovecharlas al máximo). Dos horas más tarde, ya bien en las afueras, pinchamos. ¿Será buen augurio? Quiero creer que si. Por suerte caminamos unos metros y encontramos un mini taller, o mejor dicho un mini mercado que hacía las veces de taller. Despertamos al señor de su siesta y en 20 minutos nos emparchó la rueda trasera por medio dólar. ¡Golazo! De regalo nos dio el pedacito de metal de no más de un centímetro de diámetro que se había incrustado en la cubierta. Como habrá llegado ese minúsculo metal a clavarse de lleno en nuestra rueda es un misterio. ¿De dónde habrá venido? ¿De una de las tantas motos que pasan o habrá saltado de un camión? No importa, la cuestión es que el parásito eligió a Chicha para hospedarse, pero por suerte fue solo por un rato.

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Seguimos. Pasamos pueblos y plantaciones de arroz, que en este punto del viaje ya no nos sorprenden tanto como antes. De repente el camino comienza a serpentear y bordear el mar. Nos vemos rodeados por un lado de blancuzcas dunas y por el otro el Mar de China, sí sí señores, el Gran Mar de China. Construcciones abandonadas que supieron ser lujosos resorts solo en planos, porque nunca vieron la luz, captan nuestras miradas. Pasamos al menos una docena y nos preguntamos si su aborto fue producto del lavado de dinero o de alguna crisis económica. Aunque hay muchos otros que lograron sobrevivir, los jardines cuidados dan muestras que están activos pero la soledad del lugar habla por si sola, están vacíos. Se refuerza nuestra teoría sobre el lavado de dinero. ¿Tendrán que ver los rusos? ¿Será como en Nah Trang, ciudad más al norte, ocupada por los rusos, y a la que las malas lenguas la vinculaban con la mafia? No lo sabemos…

Baja el sol, el cielo se tiñe de rosa como es costumbre por estas latitudes, y nosotros seguimos arriba de la moto. Chicha nos demuestra que es de confiar aún con el altercado de la rueda. Pasaron poco más de siete horas desde que dejamos Ho Chi Minh y con una palmadita le agradecemos a nuestra tercera integrante su labor. Ahora a buscar un lugar para dormir y comer…

Nos quedamos dos noches en la tranquila Mui Ne. Aunque el mar y las playas no tienen nada de especial hay varios resorts y turistas tomando sol en las reposeras. Solo los más valientes entran al agua. El lugar es más un pueblito pesquero que un destino de playa. Los incontables barquitos azules arrimados a la costa forman una imagen tan pintoresca que los pocos turistas que hay se acercan al costado de la ruta, donde se los ve desde lo alto, para tomar fotos. Antes de caer el sol visitamos las “dunas rojas” a unos pocos kms de la ciudad. Aunque no son muy grandes y está lleno de nenes que te quieren vender un pedazo de plástico para que te deslices, es el lugar perfecto para disfrutar del atardecer.

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Cornalitos al sol en Mui Ne

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Por la calle principal los restoranes ofrecen todo tipo de pescados, de esos que vos elegís vivos de las piletas o baldes y te lo hacen a la parrilla. También vimos exhibidas serpientes (cobras en especial) y sapos del tamaño de un caniche. Otros más top ofrecían cocodrilos en sus menús. No nos animamos, en cambio Nico se pidió una especie de milanesa de pollo con papas fritas y yo un arroz salteado con vegetales. Desafortunadamente se nos borraron las fotos de los restoranes…


Segundo tramo: Mui Ne – Dalat (150 km. en 7 hs.)

De camino a Dalat pasamos por las White Sandunes, las dunas blancas. No me había dado cuenta lo mucho que me gustan las dunas. Es que creo que nunca había estado en algunas así. No se si será por el viento que se lleva consigo los más diminutos granos y va moldeando a su antojo ese gran páramo. No hay nunca un paisaje igual, las dunas viven cambiando a piacere del viento. Aunque parezca, jamás son exactamente iguales.

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Con el sol ardiente y pensando en las caravanas que cruzaban el desierto del Sahara, dejamos las dunas y nos llevamos de recuerdo mucha arena en las zapatillas, más de la que queríamos.

Luego de algunas horas arriba de Chicha, paramos en uno de los tantos puestitos que sirven café y tienen hamacas paraguayas. ¡Ideal para descansar un poco el traste! No sé quien habrá sido el de la idea, pero que es toda una genialidad no me cabe la menor duda. Puestos con hamacas y café -y no cualquier café, sino café vietnamita- al costado de la ruta es lo que todo camionero y motoquero en este caso, desea … bueno y unas tailandesas haciendo sus famosos thai massage.

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¡No me sacan más de acá!
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Ohhh café, alabado seas

Seguimos, nos abrimos camino entre las vacas que se empecinan en marchar por la ruta. Las bocinas de los vietnamitas nos aturden un poco, es que esta gente toca por todo: si te van a pasar, si van a girar, si van a frenar, si te quieren saludar… Y no son las tipicas bocinas “piip”, hay algunas con cancioncitas u otras que van haciendo eco hasta desaparecer. Y decir que ya venimos acostumbrándonos a ciudades ruidosas en estos ocho meses por Asia, aun así todavía nos cuesta. Como el ruido del motor, que después de unos minutos pasa a ser una especie de música ambiente, pero cuando Nico apaga a Chicha, siento como si desapareciera un zumbido que no me daba cuenta que tenia. ¿Por qué hacen tanto ruido las motos (y los barcos también, otro descubrimiento del viaje)? ¿A nadie se le ocurrió ponerles un silenciador como esos que se les pone a las pistolas?

El camino se va transformando. A Chicha cada vez le cuesta más, se agita y va despacio, pero con perseverancia avanzamos. Los carteles indican 10% de inclinación, pero no tengo dudas que por tramos es bastante más. La ruta se va haciendo sinuosa, se esconde tras los árboles como queriendos escapar. Me doy cuenta por el frío viento que me pega en la cara que estamos ascendiendo, es que claro, Dalat está a 1500 msnm. Como un caballo cansado, Chicha nos trae a destino. Dalat se vislumbra en nuestro ojos y nos empieza a cautivar.

No parece una ciudad asiática, sino mas bien europea (salvo por la cantidad de motos), se nota la influencia francesa. Las pequeñas y coloridas casitas, las calles en subida y bajadas, las flores, los jardines, los mercados y ese aire de montaña me enamora. No por nada la llaman la ciudad de los enamorados, aunque yo lo cambiaría por la ciudad que te enamora. La naturaleza, los bosques y lagos te llenan de energía al mismo tiempo que te transmiten paz, algo loco. Nos pasamos los días entre cascadas, templos, mercados y casas locas deleitandonos con sus panaderías, caminando, observando y sintiendo la cotidianidad de la ciudad. Dalat entra en la lista de mis ciudades favoritas.

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Casa Loca en Dalat, construida por una arquitecta vietnamita Hang Nga inspirada en Gaudí

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La pagoda Truc Lam y sus hermosos jardines
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Los alrededores de la Pagoda, lo mejor de Dalat


Tercer tramo: Dalat – Nah Trang (140 km. en 4 hs.)

Hoy nos toca descender de Dalat a la ciudad costera de Nah Trang. Partimos abrigados, ¡qué lindo es despertarse calentito en la cama y sentir el aire fresco de afuera! Desde que habíamos salido de Argentina que no teníamos esa sensación.

Andamos y lo que vemos nos encanta. La enormidad de la naturaleza nos quita el suspiro. Montañas, valles y ríos comienzan a emerger detrás de cada curva, como si fuesen las pinceladas de una obra de arte de la que somos testigos. Paramos, sacamos fotos y admiramos. Que ínfimos nos sentimos entre tanta majestuosidad. También nos sentimos afortunados de poder estar acá haciendo esto, miro el cielo y doy las gracias.

Los paisajes me recuerdan un poco a los de la Patagonia, aunque me da vergüenza admitir, todavía no los conozco personalmente (¡el viaje de egresados a Bariloche no cuenta!). Me pongo a pensar cuándo nos tocará recorrer nuestro hermoso país de punta a punta como estamos haciendo con Vietnam… ¿Será después de India, China o Japón? Es que todavía nos sigue llamando la atención todo lo raro, mejor dicho lo distinto a nuestras culturas y costumbres, y eso es Asia (por lo menos esta parte de Asia), todo lo opuesto a lo que estamos acostumbrados.

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En fin, la ruta de hoy fue alucinante, de esas que ves en las revistas con el epígrafe de “The amazing roadtrip”. Es que una ruta en buen estado, pocos vehículos, paisajes asombrosos, buen clima y una buena moto como Chicha es la combinación ganadora. Ojalá todos los días de ruta sean como hoy, estoy segura que no me cansaría nunca.

Algunos carteles en ruso nos indican que llegamos a Little Rusia, Nah Trang. El calor y los rayos del sol se hacen notar. Caminamos por la playa y nos cuesta distinguir algún local entre tanto extranjero. Esta pequeña ciudad costera se ha convertido en destino vacacional de los ex soviéticos. ¿Por qué? Nadie nos lo puede explicar.

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Cuarto tramo: Nah Trang – Tuy Hoa (130 km. en 4 hs.)

Dos días después dejamos atrás Nah Trang con sal del mar china en la piel y un contacto en Siberia. Conocimos a Elena y Anton mientras tomábamos un café frío vietnamita, que ya fue rápidamente incorporado en nuestra rutina. Lo que suponía una merienda nuestra a las cinco de la tarde era una cena con ron para esta pareja siberiana. Charla va, charla viene, los rusos se terminaron el litro de ron, no sin antes convidarnos, o mejor dicho, insistir a que tomemos. Solo porque eran los 33 de Anton accedimos. Me di cuenta que me había olvidado cómo tomar shots ¿o era que este era uno XXL? Lo que debió haber sido “de un saque” terminó en tres o cuatro tragos suplicando que mi estómago no lo rechazara. Entre señas y un inglés básico, les contamos que Rusia y específicamente el transiberiano, está en nuestra lista de pendientes, o como la expresión que usan los gringos que tanto me divierte “bucket list”. Le llaman la lista del balde a todas las cosas que uno se propone hacer antes de que estire la pata y le de, literalmente, una patada al balde. Cuestión que Rusia y el transiberiano están en la nuestra, asi como Petra en Jordania, la muralla china, Capadoccia en Turquía, entre otras. Ojalá podamos tacharlas todas algún día.

Chau menus en ruso, productos importados y jubilados paseando en trishaw, esa especie de tuk tuk individual pero que en lugar de moto es una bicicleta. Volvemos a la ruta. Parece una ruta normal, con alguna que otra casa, pero nada especial. Al menos eso creiamos hasta que en los últimos 50 km la ruta empieza a pegarse al mar, y desde unos cuantos metros de altura se ve el océano, precioso, bien azul con fuertes olas que golpean la arena y piedras. Muy de película. Paramos, sacamos fotos, observamos.

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Un par de horas y llegamos a Tuy Hoa. ¿Y la gente? Parece un pueblo fantasma. No hay nadie en las calles, las tiendas casi todas cerradas y muy pocas motos en la calle. Raro. ¿Será porque es sábado? Encontramos un hotel barato, descargamos a Chicha y salimos hambrientos en busca de algo que nos llene. En el país donde encontrás lugares para comer en cada cuadra como kioscos en la capital porteña, no encontramos nada. Todo cerrado. Casi que vemos la bola de fardo rodar por la calle. ¿Qué le pasa a este pueblo? ¿La gente no come? De repente un puestito de Bánh mì (sanguches vietnamitas) se vislumbra antes nuestros ojos como agua en el desierto. Sin pensarlo dos veces le pedimos los sanguches, que nada tienen que ver con los que hacemos en Argentina salvo por el crocante pan francés. Acá ellos le ponen unas carnes grasosas (y en dudoso estado porque no están todo el día al sol), paté, salsa picante, cilantro, dos o tres ramas de cebolla de verdeo enteras (sí, así como vienen) y algunos le untan un poco de huevo oscuro que creemos es de pato.CronicasVietnam (31)

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Estos fueron lo grandes amigos de Nico.

Volvemos al hotel. Decidimos darle una segunda oportunidad y recorrer más tarde, cuando baje un poco el sol. Salimos algunas horas después y el pueblo es otro. ¿Cómo es posible sino nos movimos del hotel? ¿De dónde salió tanta gente? Las veredas rebalsaban de mesitas y parrillitas, las calles pobladas de motos, y la paz y el silencio de repente se vio interrumpido por bocinas y ruido de las motos. ¿Acaso habíamos llegado a la hora de la siesta y ahora se estaban despertando todos? ¡Qué lindo es ver a un pueblo tan vivo y feliz!

Cenamos en un restorancito donde te traen las carnes y verduras crudas y vos te lo vas haciendo en una racletera. Sería como la versión “parrillera” del famoso Hot Pot (un gran caldo a base de vegetales a la que uno le va agregando las carnes y verduras, mientras se va cocinando a fuego lento). Un grupo de chicos se alegran de vernos y más cuando se enteran que venimos del país de Messi, así que no dudan en acercarse para charlar y practicar su inglés mientras esperamos que se cocine la comida.

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La torre Nui Nhan construida en el siglo XIV es el orgullo del pueblo de Tuy Hoa

Después de la rica cena y charla con nuestros nuevos amigos, volvemos al hotel para descansar. Mañana la ruta nos espera nuevamente. El pronóstico no es muy alentador, vamos a ver que nos tiene preparado el camino.

***

Bueno, es cierto que en esta parte del viaje hubo más altos que bajos, y ojalá pudiéramos decir que así fue durante todo el trayecto. Pero no… también hubo varios bajones, pero todo eso lo contamos en la segunda parte de las crónicas… ¡Continuará!

 

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