Conviviendo en lo ilegal

No todos los días uno termina viviendo bajo el mismo techo que dos personas en libertad bajo fianza…

 

Con tan solo las tres palabras iniciales ya nos habíamos dado cuenta que quien nos hacía el recorrido era tartamudo. “Hi, I’m Je-Je-Je-Je-ssam… Jessam” se presentó y nosotros hicimos esfuerzos para aparentar que no lo notamos.

Nos enseñó las dos habitaciones que tenía disponibles para alquilar y el resto de la casa. Se veía amplia, cómoda y estaba muy bien ubicada, a dos cuadras del mar, a tres del shopping Bayfair y a 5 minutos en auto del centro de Mount Maunganui. Nos presentó también a Haley, el tatuador que vivía en la pieza del fondo, que en realidad era el garage reacondicionado, pero que según Jessam vivía viajando por trabajo y nunca estaba en la casa.

¿Y? ¿Qué les pareció?” les pregunté a Nico, mi hermana y Romi ya en el auto, ya que la decisión de mudarnos era en conjunto, la idea era compartir con ellas su último mes en Nueva Zelanda.
La casa está buena, lo único que no me copa es que fumen tanto adentro, sobre todo porque me da alergia” dijo Flor. Pequeño detalle, al final de la visita Jessam nos advirtió que fumaban marihuana dentro de la casa de forma diaria, que si teníamos problema con eso a lo que contestamos que no.
Finalmente decidimos mudarnos. No habían muchas opciones, la temporada de los kiwis estaba arrancando y todos los alojamientos se habían llenado. Habíamos conseguido éste a través del sitio Trade me, una especie de MercadoLibre versión kiwi (neozelandés) y era mil veces mejor que la habitación que veníamos compartiendo hacía cinco días.

El domingo que nos mudamos, Nico y yo con nuestras mochilas, Flor y Romi con sus valijas, mochilas, bolsas y bolsitos y doce plantas de lechugas que se habían traído del trabajo anterior (las chicas plantaban lechugas), la casa estaba impoluta. Todo se encontraba ordenado, la cocina brillaba, el baño olía a desinfectante y hasta daban ganas de tirarse a dormir arriba de la alfombra del living. Que buen recibimiento pensamos, pero pronto salimos de nuestro asombro. Jessam no se había pasado todo el día limpiando meticulosamente por nosotros, sino que al día siguiente esperaba una inspección que mandaba el dueño periódicamente.
Okey, así que nuestro querido kiwi nos subalquila y el otro le manda una inspección, raro. Pero como llevábamos dos semanas en el país no sabíamos si eso era común así que lo dejamos pasar.

El fin de semana siguiente, Jessam nos agasajó con unas cervezas y hamburguesas caseras a la parrilla, de esas que son a gas, no como las nuestras. Durante nuestra primera semana nos acomodamos y la convivencia iba viento en popa. Nos empezamos a encariñar con nuestro anfitrión y hasta logramos no incomodarnos cada vez que le costaba pronunciar la f, o la t, o la m, o la p… bueno en realidad le costaban todas las consonantes que iniciaban la palabra, pero ya sabíamos que no había que mirarlo como diciendo “vamos que vos podés” porque eso lo ponía más nervioso y era peor. Durante la parrillada hizo despliegue de su bien preciado, sacó varias bolsitas ziploc y latitas para mostrarnos los diferente tipos de marihuana. Más bien parecía de esos vendedores africanos que abren sus paños de felpa y sacan collares, pulseras y relojes de “oro” y te empiezan a contar los detalles de su mercadería. Nos dio una lección sobre cultivo, calidad y precio, también nos contó cuánto se quedaba él al venderla y que como en la isla sur es mucho más cara a veces lleva algunos kilos para vender allá, ya que en los vuelos nacionales no hay perros y es fácil pasarla. Ahí confirmamos nuestras sospechas al ver tanta gente rara ir y venir de la casa a cualquier hora del día, como esa chica con cara de desquiciada que entró por la ventana buscándolo, y resolvimos el misterio de su manutención, ya que el primer día nos dijo que no estaba trabajando porque pronto se iría por primera vez a Europa de viaje.

Mientras compartía con nosotros su sabiduría sobre el tema (¿que pensaron?) nos hizo algunos trucos. Aspiró de su bong casero, que consistía de una botella de gatorade modificada, una bocanada que pareció interminable, habrá durado unos 10 segundos sin exagerar. Se llenó los pulmones de humo (¡menos mal que era asmático el amigo!) y con una parsimonia de quien domina el truco hace años, mojó un ojal de plástico en un líquido y comenzó a soplar lentamente. La burbuja fue creciendo y creciendo hasta quedar del tamaño de una pelota de futbol. Luego se tapó la mano con la manga del buzo, sostuvo la bola de humo brillante y cual brujo la movía para arriba y para abajo. La ovación que recibió le hizo inflar el pecho pero esta vez de orgullo. Al son de “una más y no jodemos más” nos volvió a repetir el truco, una vez que se repuso de la gran aspirada, claro.

Unos días después volvíamos temprano a nuestro querido hogar. Como no era habitual terminar aún con luz del sol, de camino a casa nos debatíamos si ir a las hot pools del Monte o ir a la playa a caminar y tomar unos mates, es que teníamos que disfrutar nuestra tarde libre. Desafortunadamente nuestros planes se hicieron añicos al llegar y descubrir que la casa estaba dada vuelta. Sí, literalmente dada vuelta. Alguien había entrado y desordenado todo, el televisor estaba mirando a la pared, los almohadones de los sillones en el piso, los cajones de la cocina abiertos. Pero lo peor fue cuando llegamos a nuestros cuartos y encontramos los pasaportes abiertos con la foto de nuestras caras apuntando al techo encima de todo el pilón de ropa y cosas que ese alguien nos había dejado en las camas. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y fui rápido a buscar a Jessam para exigirle una explicación. Pero en su lugar me encontré con una caja de guantes de latex arriba de la mesa al lado de unas hojas que declaraban en letra grande Search Warrant. ¡Mierda, nos allanaron la casa!. Seguí leyendo el resto de las páginas un poco nerviosa y si mi inglés no me fallaba la causa era falsificación de billetes. “¿Cómo no vinieron por lo de la marihuana?” ,“No, acá dice counterfeit of banknotes y según entiendo se llevaron a alguien detenido”. Decidimos llamar al número del detective que firmaba la orden pero nadie nos atendió, así que no nos quedó otra que ir a la comisaría para tratar de aclarar el asunto y limpiar nuestros nombres de ser necesario. Como la comisaría de Monte estaba cerrada (en Nueva Zelanda trabajan de 8-16 hs), Flor y yo nos fuimos a la de Taruanga, que como es una ciudad más grande supusimos que estaría abierta. Error, también estaba cerrada pero ésta tenía una ventanilla al costado que hacía las veces de urgencias. Tocamos el timbre y un señor canoso que debía medir unos dos metros apareció. Le explicamos el caso, le mostramos la documentación, y con nuestras caras de perritos mojados le juramos que hacía menos de dos semanas que nos habíamos mudado. El oficial, a quien le debimos causar entre gracia y ternura, nos explicó que efectivamente habían entrado en busca de materiales de falsificación como impresoras, papeles, software especial, y que se habían llevado a dos personas detenidas. Por suerte nos dijo que nosotros no teníamos nada que ver, que tampoco era necesario mudarnos y que podíamos quedarnos tranquilos.

Pero ahí no termina la historia. Esa noche cayeron los dos a la casa bien tarde. Haley se fue directo a su pieza-garage y Jessam entró a la casa y emitió un hello casi inaudible. Se le notaba en la cara su mal humor y lo peor, la abstinencia. Al día siguiente, un poco más calmado, nos contó que su amigo había estado falsificando billetes por un tiempo y que ese era el motivo del allanamiento. Durante la pesquisa se llevaron la computadora e impresora, y también le confiscaron su marihuana y le abrieron una causa a él, como quien dice, de yapa. Los dos habían salido bajo fianza y estaban sometidos a vigilancia, sobretodo el falsificador.

Para agregarle pimienta al asunto, en los días que siguieron apareció el dueño de la casa varias veces, y de manera muy agresiva hizo firmar a Jessam una carta de desalojo. De todas formas pensaba irse, con la policía encima no podía fumar en paz ni seguir su negocio, nos había dicho. Es que todas las noches, hasta el momento del juicio, recibíamos a los uniformados para chequear que el tatuador no se hubiese fugado y se encuentre sobrio, lo cual era una misión casi imposible. Llegaban a media noche y a falta de timbre golpeaban las ventanas de forma tal que hacían temblar toda la casa.  Era siempre alguno de nosotros cuatro quien se tenía que levantar a abrirles para que pasen para el fondo. Afortunadamente una de esas noches Haley apareció con un timbre eléctrico, el cual sólo sonaría en su cuarto y al que le había puesto un simpático cartel amarillo que decía “policía toque aquí”. Todavía sospechamos que fue el oficial quien se apiadó de nosotros y le exigió el timbre, porque dudamos que al tatuador, falsificador y futuro preso, se le hubiese prendido la lamparita por sí solo.

En cuanto a nuestro amigo Jessam, le tocó pagar una multa y hacer unas horas de servicio comunitario, además de mudarse y tener que cancelar su viaje a Europa, debido a que no podía salir del país hasta que el asunto quedara resuelto. Haley, en cambio, tiene pendiente un juicio del cual es muy posible que tenga que cumplir algunos años en prisión.

Y nosotros (esta última parte es como la sección al final de las películas basadas en hechos reales donde cuentan qué es de la vida de los personajes) aprendimos de los maestros y ahora montamos nuestro imperio: tráfico ilegal de terneritos en la isla sur de Nueva Zelanda.

jessam_nz1

Naaaaa mentira! Como van a pensar eso de nosotros!?

 

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